Visceras Mea Aurea. . . Mis entrañas son de oro.

 

 

 

1536. . . El pendón de Castilla, rodeado de relucientes lanzas, emplumados yelmos y seráficas, atraviesa por primera vez el Valle del Choapa, enclavado en el corazón de los Valles Transversales y apretado entre la Cordillera de Loa Andes y la Cordillera de la Costa; “La Cintura de Chile”, tierra fértil de ricas entrañas, hermosos paisajes que concentran en un solo cuadro y bajo el más límpido y azul de los cielos, vegetación y aridez, serranías y valles, mar y cordillera . . . clima de privilegio.

Con la llegada de los españoles, cambió por completo la vida y la fisonomía del Choapa prehispánico, los Diaguitas, último pueblo de avanzada cultural, y que hasta ese entonces habitara la zona, bajo el dominio del Imperio Inca, avistaron con alarma el avance de las tropas descubridoras de Diego de Almagro y observaron con satisfacción su desilusionado y desastroso regreso al norte, satisfacción que al poco tiempo moriría al contemplar con sorpresa y desaliento la llegada de otro Español, Don Pedro de Valdivia y de sus huestes conquistadoras, las que no regresarán más pues han llegado a colonizar y establecerse definitivamente. Ha comenzado la Civilización Hispano – Cristiana, traída por el hidalgo español sobre el arzón de su cabalgadura, junta a la cruz y la espada.

Son las alas del águila bicéfala de la casa de Austria que se despliegan sobre los territorios del Imperio del Sol y hacen que el Cóndor se despliegue a los más altos picachos cordilleranos donde permanecerá atento, atisbando durante tres siglos hasta poder alzar nuevamente su orgulloso vuelo sobre sus recuperados dominios.

 

En su avance descubridor al sur, Diego de Almagro acampó con sus agotadas tropas, en un lugar de la zona del Choapa denominada Las Ramadas, posiblemente junto al río Conchalí, hoy también denominado estero Pupío, allí esperaba Antón Cerrada, español que se había venido con anterioridad a vivir con los naturales, quién le entregó la feliz nueva: en una caleta vecina se encontraba anclado un barco proveniente del Perú, que le traía un refuerzo de cuarenta hombres y toda clase de abastecimientos. Era el 25 de Mayo de 1536.

 

Efectivamente Ruy Díaz, cumpliendo las instrucciones que le dejara Almagro, reclutó gente y toda clase de armas, ropas y vituallas necesarias, con ello completó tres naves y partió a darle alcance en Enero de 1536 –viaje lleno de vicisitudes y desgracias- logrando llegar a la costa sur de Coquimbo con un solo barco; el “San Pedro”, recalando en una Caleta cercana al campamento español; Encina, en su notable Historia de Chile, estima que pudo ser Chigualoco o Los Vilos, cabe pensar que se trató de este último lugar, por tratarse de una bahía más protegida y de aguas muchísimo más tranquila que la anterior, lo que facilitaba el desembarco, además el río Conchalí desembocaba en ella, lugar en donde había acampado Almagro y su gente.

 

Los españoles felices, tomaron todas las providencias del caso y a los pocos días descargaban los pertrechos de ropas, armas y fierro para las herraduras, quedando en condiciones para seguir su marcha hacia Aconcagua.

 

Fue así como en las costas del Choapa, el descubridor de Chile, Diego de Almagro, recibió los primeros refuerzos y abastecimientos que aliviaron el penoso avance de sus tropas que, aun no veían por ninguna parte la fabulosa riqueza que les había motivado emprender esta expedición y sin saber ni darse cuenta que, precisamente allí, en las tierras del Choapa, escondido en sus entrañas, se encontraba el oro con el cual soñaban y que el Inca y sus antecesores habían sabido tan hábilmente explotar.

 

Pero, nuestro pasado no se remonta, hasta la época prehispánica, sino más bien hasta unos 12.000 años atrás, en donde los primeros habitantes de la Provincia del Choapa, habían llegado hasta nuestra zona, desde el Continente Asiático, atravesando el “puente” terrestre que se encontraba en donde ahora se extiende el Estrecho de Bering. La opinión de los arqueólogos  es que esta migración habría comenzado hace unos 50.000 años, aunque Gustavo Le Paige hace retroceder esta fecha a unos trescientos milenios.

 

En un clima más frío y húmedo y con una vegetación más abundante que la actual, transcurrió su difícil existencia.

Por esa época, América era un lugar peligroso. Resultaba poco probable que alguien muriese naturalmente, dormido en un campamento: los cazadores, y acaso las mujeres y niños, morían a temprana edad y de una manera muy violenta.

 

Según Grete Mostny, “estos primeros inmigrantes asiáticos sabían producir el fuego, trabajar la piedra, protegerse del frío con pieles y en abrigos rocosos; estaban probablemente organizados en pequeñas bandas, unidos por lazos familiares (. . .)Integraban el género de Homo Sapiens u Hombre Moderno, eran de aspectos mongoloides y pertenecen a la tradición cultural de los Cazadores de Grandes Presas”.

 

Sus armas muy bien trabajadas, tienen como detalle sobresaliente puntas de proyectiles con una acanaladura a lo largo de su eje. Adaptadas para cazar grandes animales pleistocénicos, el surco central posibilitaba el desangre y debilitamiento de éstos, y se supone que hayan necesitado varios miles de años para desarrollarse, partiendo de las industrias básicas eurasiáticas. 

 

Adelantando un poco más la línea cronológica de nuestra zona, particularmente hacia los años 1540 a 1600, lo que se ha denominado época de la conquista, y se ha fijado este período como tal, debido a que en la zona del Choapa no hubo una resistencia fuerte y prolongada por parte de los aborígenes, como lo fue en el sur con la Guerra de Arauco. Así, a fines del siglo XVI, la colonización se encontraba en pleno desarrollo.

 

La riqueza minera de la zona, especialmente aurífera, atrajo a los españoles desde los primeros años de la Conquista, quienes comenzaron a instalar faenas en minas y lavaderos, utilizando para su explotación a los indígenas, especialmente a través de las encomiendas, muchos de los cuales fueron traídos por los encomenderos desde el sur, pues en la región habían desaparecido después de la cruenta pacificación de Francisco de Aguirre.

 

Durante el Gobierno de don García Hurtado de Mendoza, se descubrieron los lavaderos de oro de Choapa. En Enero de 1561, el Gobernador Hurtado de Mendoza, se enteraba de la Muerte de su padre, consejero y principal protector, don Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete y Virrey del Perú. Se dice que el dolor por esta partida fue tan grande que no quiso permanecer más a la cabeza del Reino de Chile, según Marmolejo Góngora, historiador de Chile, agrega que: “se retiró a un monasterio de la orden de San Francisco”, dedicándose a preparar su partida y mientras lo hacía: “fue Dios servido se descubriesen las minas de Chuapa, cosa riquísima de oro y las minas de Valdivia, ambas por extremo ricas, que de ellas unas y otras se ha sacado en catorce años grandísimo número de pesos oro”

 

El conquistador don Gonzalo de los Ríos, abuelo de doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, la legendaria Quintrala, fue uno de los primeros mineros del Choapa. La fortuna le había sonreído grandemente y es por eso que, en el año 1576, al casar a su hija, doña Isabel de los Ríos, prometió como dote al novio, don Alonso Ortiz de Zúñiga, la alta suma de catorce mil pesos de oro, cantidad que, al momento de hacer efectiva la dote, le fue imposible o no quiso enterar. El yerno se transformó en su adversario y en 1579 entabla demanda en contra de su rico y famoso suegro.

LA HACIENDA DE ILLAPEL

 

Esta heredad permaneció por más de cuatro siglos en poder de los descendientes directos de sus primitivos dueños –familia Bravo de Saravia y familia Andia Irarrázaval). Se fue constituyendo a través de mercedes de tierra y adquisiciones diversas, hasta formar una de las haciendas más grandes de la Colonia y gran parte de la república, abarcaba prácticamente todo el Valle del Río Illapel, desde su confluencia con el Estero de Aucó, hasta la Cordillera de Los Andes, Los Hornos, Chillán y Alcaparrosa, hasta deslindar con Valle Hermoso, en Combarbalá.

 

Heredero de don Jerónimo, fue su hijo don Francisco Bravo de Saravia y Ovalle, nacido en Santiago en 1628; titular de los Mayorazgos de su familia de Soria; Capitán de Infantería, Regidor y Alcalde de Santiago, Encomendero de Pullally e Illapel, Corregidor de Santiago, Sargento Mayor del Reino. Por real Cédula fechada en Madrid, el 18 de Julio de 1684, se le confirió el título de Marqués de Pica. Contrajo Matrimonio el 11 de Agosto de 1646, con doña Marcela de Henestroza, hija de Juan de Henestroza y de Catalina Sáenz de Mena. Falleció en Santiago, el 28 de Agosto de 1703.

 

LA HACIENDA DE CHOAPA

 

La hacienda de Choapa era uno de los predios más extensos y ricos de Chile, abarcaba las tierras que con posterioridad se dividieron, en catorce grandes haciendas, extendidas a lo largo y ancho del Valle del Choapa, desde la confluencia con el río Illapel, hasta la cordillera, incluyendo el valle de Illapel, desde la señalada junta de los ríos, hasta tocar con el estero de Aucó (El Arenal), comprendiendo los terrenos en que se emplaza la actual ciudad de Illapel y por la costa, la hacienda de Cavilolén, que abarca los actuales fundos del Mollar, la Puntilla, las Vacas y Palo Colorado. Aparte de los predios antes señalados, comprendía en el Valle de Choapa: Cuncumén, Chillepín, Tranquilla, Coirón, Limpo, Las Casa (santa Rosa), Tahuinco, El Tambo, Limáhuida, Las Cañas, ChuChiñí, Peralillo, Pintacura y en el Valle de Illapel: Bellavista, El Peral, Cuz-Cuz, la Aguada y Quillaicillo.

 

Esta propiedad perteneció durante la época de la Conquista y casi toda la época de la Colonia a la familia Ahumada. Su primer dueño fue don Juan Ahumada, español, nacido en Medina de Rioseco, España, en 1534, venido a Chile con el Gobernador Hurtado de Mendoza en 1555. Encomendero de Santiago, ciudad de la que fue tres veces regidor y tres alcalde. Casado con doña Catalina Hurtado, hija de don Juan Hurtado, escribano de La Serena y Santiago, y de Leonor Godínez, mestiza, hija del Conquistador Juan Godínez, encomendero de Choapa. Ahumada obtuvo una encomienda en Choapa, cercana a la del abuelo de su mujer, Juan Godínez.

 

Murió en 1610, sucediéndole en la encomienda y propiedades, su hijo mayor Roque. Con posterioridad, su otro hijo,  don Valeriano de Ahumada y Hurtado, quien poseyó la encomienda en primera vida.

 

Don Valeriano fue regidor, procurador general, alcalde ordinario, teniente de corregidor de Santiago y administrador del pueblo de Choapa en 1629. Casó con doña María Maldonado Guisado, hija de Bartolomé Maldonado, secretario de la Real Audiencia de los documentos de la época, se desprende que su primer propietario fue el Conquistador don Diego García Cáceres, hombre de confianza de don Pedro de Valdivia, de quien fue su mayordomo y su albacea testamentario. Don Diego era natural de Cáceres, Extremadura, 1515, vino a Chile con Valdivia en 1540, encomendero de Santiago, cinco veces regidor, alguacil mayor, alférez real, procurador y gobernador interino del reino en 1581; había casado con doña María de Osorio, natural de Salamanca y falleció en Santiago en 1586, siendo sepultado en la capilla de su propiedad de la Iglesia de Santo Domingo, de esa ciudad, panteón durante siglos, de sus descendientes los Bravo de Saravia y lo Irarrázaval.

 

Don Pedro de Valdivia, el 1 de Julio de 1556 lo nombra Capitán de Justicia del Valle de Aconcagua y Casa de Quillota, cuya jurisdicción abarcaba hasta las tierras de Illapel, lugar en donde se trasladaría con posterioridad a todos los indios de su encomienda, junto con Pullally, como ya se ha mencionado.

 

En este nombramiento, Valdivia dice de don Diego: “Sois persona de prudencia y experiencia, celoso de vuestra conciencia y servicio de su majestad e concurren en vuestra persona las calidades las calidades que conviene tengan las personas a quienes se les encarga semejantes cargos de conciencia e confianza. . . “ El Nombramiento que equivalía al de corregidor y justicia mayor, lo autorizaba incluso para “cortar miembros, azotar y ahorcar conforme lo merecieren” podía proceder entonces, contra los indígenas que delinquieren, con excepción de los caciques y españoles que debía enviar a Santiago para ser juzgados. Este documento, uno de los pocos que se conserva autografiado por don Pedro de Valdivia, se encuentra en poder de la Familia de don Manuel José Irarrázaval Larraín, últimos propietarios de la hacienda de Illapel.